Había fotos similares en blanco y negro a lo largo de todo el pasillo. El señor Martínez se detuvo y me observó. Yo no paraba de mirar la foto del ovni.
—¡Ah, eso! —dijo el jefe—. Es mi colección de fotos. Avistamientos de ovnis ocurridos por todo el planeta, ya sabes. Platillos volantes, viajeros estelares… ¡cosas de esas…! —añadió algo azorado, y luego guardó silencio—. Soy un gran un fan de la ciencia ficción, Federico. Me da buenas ideas para construir robots. »»»
—¡UN-EXTRA-ÑO EN-LA O-FI-CINA…! ¡PÍÍÍÍÍ…! ¡PÍÍÍÍ…! ¡PÍÍÍÍ…!EP! BEEP! —gritó la criatura amarilla, agitándose de lo lindo.
Me aparté a un lado, para dejarle paso. La criatura arrojó el saco al suelo, y correteó a mi lado en dirección a la salida.
Fiódor me aproximó a las bolsas de basura. Una fuerza irrefrenable le empujaba a mirar en su interior. Echamos un vistazo dentro, y de pronto mi contenedor comenzó a excavar y rebuscar, hasta que dio con los «recortes de periódico» que había mencionado el androide. No era más que un manojo de pequeños trozos de hojas de periódico arrugadas, con inscripciones jeroglíficas en ellas. »»»
—¡Cordones…! —Fiódor sacudió la cabeza como si quisiera apartar de su mente la dichosa imagen de la nave espacial en el oscuro cielo siberiano—. Platón tenía razón a paladas —pensó—. He sufrido un grave accidente, y toda esta rayada mental no es más que el producto de un golpe en la cabeza. ¡Pero podría haber sido peor! »»»
—¡Cuernos…! ¡¡¡Hay algo dentro de mí…!!! —repitió Fiódor.
Yo apenas daba crédito a lo que oía. ¿Había sido descubierto?
Me hallaba en una apestosa cueva-oficina, sentado en un maldito cráter blanco, perdido en el quinto pino de un planeta probablemente equivocado; con mis camaradas, los otros agentes, muertos o enviados de vuelta a casa, según un perro que decía ser el teniente Smartup, y que fue asesinado delante de mis narices; »»»
Echando sapos y culebras por la boca, el señor Martínez pegó una patada a la criatura rodante que venía gritando “TRA-BA-JAR” “TRA-BA-JAR”.
—¡A mí no! ¡Maldito saco de cables! ¡Yo soy tu jefe! ¡A mí no me grites!
La criatura hizo tres saltos mortales que me dejaron patidifuso. Aterrizó sobre sus seis patitas de metal, y salió de allí rodando cabizbaja, mientras murmuraba: «RE-PE-TIR EN 20 MI-NU-TOS. RE-PE-TIR EN 20 MI-NU-TOS». »»»
Un terrícola calvo y bajito se precipitó hacia mí nada más que entré en la oficina-cueva.
—¡Por fin estás aquí! ¡Federico…! ¿Qué tal el viaje…? Bienvenido a Gaudíssimus, chaval.
Me agarró la mano como si quisiera exprimirme la sangre, y comenzó a sacudir el brazo frenéticamente. Emití una serie de cacofonías de batalla, preparándome para una pelea en caso de que aquel malandrín se sobrepasara. Sin embargo, Platón interrumpió la febril pantomima del terrícola. »»»
Mi primer impulso fue acercarme al fallecido teniente Smartup. No importaba que su contenedor-perro estuviese hecho papilla, pues su alma estaría viva, aún atrapada en la verde masa que quedaba de su cuerpo. Podía salvarle, estaba seguro. Pero debía transferirle a otro cuerpo terrícola inmediatamente. »»»
—Tranquilizaos, agente. Soy vuestro amigo-igo, ¡Wof! —dijo la criatura de ojos verdes.
Mi contenedor tragó saliva.
—¿Amigo…? —balbucí.
—Para vos, teniente Smartup. ¡Wof! —respondió la criatura. »»»
Accedí al exterior de la cueva a través de un laberinto escaloniforme. El exterior no era ningún césped extraordinario; pero al menos se respiraba aire fresco.
Me hallaba en una especie de desfiladero formado por gigantescos dientes planetarios. Aquel panorama me dejó como una estatua: los dientes-edificio estaban perforados con geométricos agujeros artificiales, hechos por la mano terrícola. »»»
Con ayuda de mi contenedor, me enfundé una especie de traje espacial, y me desplacé a otra parte de la cueva, acompañado por los humanos. Estos, que también llevaban trajes espaciales, pululaban alrededor mío con ganas de seguir dándole a la hebra; aunque mi contenedor se dejó caer en una silla, y, cruzándose de brazos, se puso más terco que el demonio.
—No pienso ir a ninguna parte —refunfuñó—. Haz el favor de explicarme quién leches eres y qué puñetas estoy haciendo yo aquí, si no te importa. »»»
¡KNOCK! ¡KNOCK!
Volví a escuchar unos porrazos. Diablo de planeta, qué manía con dar porrazos. Sin embargo esta vez eran mucho más audibles y fueron seguidos de una voz espantosa.
—¡FIÓ-O-O-DOR-R-R-R! »»»
Se oyó un crujido. Luego unos fuertes porrazos: ¡Brum! ¡Brum! ¡Brum!
De pronto me invadió un desagradable sentimiento de truenos. Sentí cómo me expandía igual que una onda expansiva. Como si las partículas de mi alma se dispersasen en millones de direcciones. »»»
En el año 2006 de la cronología terrícola, un incidente de tremenda gravedad vino a turbar la tranquila noche de febrero en la que Fiódor Oshev disfrutaba de una de sus acostumbradas excursiones a la casa de sus padres, en la estepa del Protopopovo. »»»
¡Mil diantres! Los auxiliares de tiro descargaron al unísono la hoja de sus machetes sobre las pestañas de despegue. El disco arrancó, se despegó del suelo, y se revolucionó hacia arriba como una furia. Los audaces cosmonautas fuimos expulsados concéntricamente hacia la cara externa del escupealmas, sifoneando y perdiendo todo dominio de nosotros mismos.
Hay que decir que, antes del despegue, la lanzadera había cerrado sus fauces caníbales, atrapándonos en su interior como a miserables cucarachas; de no haber sido así, hubiésemos salido tangencialmente despedidos. »»»
¡Buba! ¡Dudy! ¡Bop didá!
En el tercer octavo del ducentésimo septuagésimo primer año de la Era Eslicadora, miles de valerosos voluntarios ascendimos los célebres barrancos de Callowpian en dirección al complejo de catapultas espaciales. Formábamos una corriente caótica: brincábamos, efectuábamos acrobacias y volteretas ante la amable masa de compatriotas que habían acudido a despedirnos. Todos anhelaban tocar la piel de los heroicos cosmonautas, palpar con sus telescópicos brazos el ojo turgente de los viajeros interestelares. Y no era para menos. Estábamos a punto de hacer historia. »»»